La motivación en el aula

¿Cómo funciona un programa de «Mentoring»?

La motivación en el aula: ¿Cómo funciona un programa de «Mentoring»?
3 de junio de 2020 Mamen Rivera

«La motivación en el aula y la responsabilidad del alumno son la clave del aprendizaje». Puesta sobre el papel o dicha en una charla de coaching, esta máxima queda de maravilla. Pero, en la práctica, ¿cómo conseguimos que un grupo de alumnos vengan a clase motivados, disfruten de aprender, hagan sus deberes y estudien para los exámenes?

Una de las soluciones es diseñar un minucioso programa de mentoring, algo que las universidades más prestigiosas de Reino Unido llevan aplicando mucho tiempo. El mentoring consiste en maximizar el potencial de cada alumno y mejorar su rendimiento, a través de sesiones one-to-one con un mentor que, a menudo, es un profesor del centro con el que el alumno no comparte asignatura.

 

El mentor hace uso de toda su experiencia, conocimiento y habilidades para ayudar a los alumnos a progresar académicamente. En Virtus, nuestros mentores son además el nexo de unión entre el alumno y sus profesores.

Sophia do Amaral, Gabriel P. M. y Jorge Masa, mentores de los alumnos de Virtus, y Daniel Piñeiro, orientador psicopedagógico del centro, nos han dado 6 claves prácticas para conseguir algo difícil: fomentar la motivación en el aula y responsabilizar a alumnos adolescentes con diversos perfiles, con el fin de mejorar su rendimiento académico a través de un programa de mentoring.

1. Conocer a cada alumno

El primer paso es identificar, en caso de que las haya, las distintas problemáticas a las que se enfrenta cada alumno. Y cada caso es un mundo. Por este motivo, la probabilidad de éxito a la hora de fomentar la motivación en el aula aumenta si trabajamos con un grupo reducido y de manera individual. Daniel Piñeiro, orientador de Virtus, afirma que:

 

«El nivel de individualización que supone trabajar con un máximo de 6 estudiantes por clase te permite estudiar en profundidad cada caso y aplicar soluciones de forma personalizada».

 

Todas las semanas, nuestros mentores se reúnen durante 30 minutos con cada alumno. «Después de estas sesiones», nos cuenta Jorge Masa, mentor, «nos reunimos con los profesores para trasladarles las necesidades detectadas. El mentor aquí es un nexo entre profesor y estudiante, y esto se refleja en la calidad de las clases».

2. Mantener un alto nivel de implicación para fomentar la motivación en el aula

Para que un programa de mentoring funcione, todos los participantes (mentores, orientador, alumnos y, por supuesto, padres y madres, que juegan un papel clave en este tipo de programas) tienen que implicarse al máximo. En el caso de Virtus, el compromiso de este equipo de educadores con sus alumnos es total, algo que los estudiantes agradecen e imitan, tal y como afirma Jorge:

 

«Los chicos saben que tienen detrás un equipo que está ahí para ayudarles. Con nuestro esfuerzo diario, les estamos transmitiendo valores de solidaridad y compañerismo. Se ha creado una atmósfera de trabajo muy positiva»

La constancia, por supuesto, también es un factor crucial: no se puede bajar la guardia. Sophia do Amaral, mentora, nos cuenta que «Es fundamental establecer un contacto regular con el alumno. Si como mentor no eres constante, todo el progreso se va perdiendo de una sesión a otra. Del mismo modo, responsabilizarlos es fundamental para lograr su compromiso». Por eso, estos mentores se dejan la piel cada día para que, en palabras de Gabriel: «Ningún alumno se quede atrás, sean cuales sean sus circunstancias».

3. Enseñarles a organizarse y responsabilizarse

Uno de los problemas a los que se enfrentan estos alumnos es la falta de capacidad para gestionar su propio tiempo. Por eso, una parte fundamental del programa de mentoring es el study plan (plan de estudios), que cada alumno crea de forma individual con ayuda de los mentores. Sophia nos habla del impacto positivo que esta iniciativa tuvo en uno de sus alumnos:

 

«Se organizó para estudiar un tema cada día, con unas pautas concretas y combinando teoría con práctica, de manera que cada tema estuviera estudiado al menos dos veces antes del examen. Esto le ayudó a sentirse protagonista y ahora es mucho más organizado y entrega las tareas a tiempo. Ha encontrado una motivación en cumplir su study plan. Se ha dado cuenta de que puede, lo cual ha mejorado su autoestima y su rendimiento».

Este plan se lleva a cabo con el objetivo de que los alumnos puedan ganar autonomía y autocontrol sobre su rendimiento académico, lo cual nos lleva a la siguiente clave del programa: el empoderamiento.

4. Facultar a los alumnos enseñándoles a aprender

Uno de los objetivos es que el alumno sea capaz de trabajar de forma autónoma una vez finalizado el programa de mentoring. Tienen que poder volar solos y para ello recurrimos a la ayuda de Daniel, nuestro orientador psicopedagógico, que se reúne periódicamente con cada alumno y analiza sus hábitos de estudio, su nivel de motivación en el aula y fuera de ella, y qué tipos de aprendizaje predominan en cada caso. Daniel nos lo explicaba así: «Partiendo de este análisis podemos ver qué nivel de autoaprendizaje puede alcanzar cada alumno. Con los que tienen cierta autonomía, aplicamos técnicas más avanzadas. Otros, lamentablemente, no tienen hábitos de estudio y asumen directamente que no saben estudiar». En estos casos, afirma Daniel, lo primero es enseñarles estrategias concretas:

 

«Siempre empezamos por técnicas básicas y vamos construyendo desde este punto de partida. El siguiente paso es el traspaso de control: empoderarles mediante técnicas de estudio».

En cuanto a las técnicas de estudio que se aplican de forma personalizada dependiendo de las necesidades individuales de cada alumno, Sophia nos habla de una de sus favoritas: enseñarles los criterios de evaluación de los exámenes. Según la mentora:

 

«Muchos alumnos tienen la sensación de que no saben qué se espera de ellos. No tienen perspectiva. Cuando lo descubren se dan cuenta de que, si se esfuerzan, pueden conseguirlo».

5. Ofrecerles apoyo psicopedagógico

La adolescencia es una etapa complicada, en las que los alumnos pueden estar, por diversas causas, sometidos a unos niveles de estrés muy elevados. De nuevo, la individualización aquí es fundamental: se evalúa cada caso y se trabaja con cada alumno de forma personalizada. Aquí la figura del orientador psicopedagógico es indispensable. Daniel nos pone como ejemplo a un estudiante que tenía problemas graves de «bloqueo» en los exámenes:

«La emoción que le provocaba este bloqueo psicológico es el miedo. Esto desencadenaba una serie de pensamientos destructivos (“Voy a suspender”, “No sé hacerlo”, “Verás mis padres”) que retroalimentaban la inseguridad».

En este caso concreto Daniel comenzó su terapia con una sencilla técnica de relajación: «Una vez relajamos el cuerpo y el alumno es consciente de su propio miedo, podemos empezar a trabajar. Ahora los pensamientos tremendistas e irracionales, se suavizan: “No lo sé todo, pero sé algo, voy a intentarlo”», nos cuenta el orientador, quien afirma que ha notado un cambio muy positivo en el alumno a la hora de afrontar sus exámenes.

6. Poner en valor el conocimiento más allá de lo académico

Muchos estudiantes tienen percepciones erróneas sobre el estudio, que afectan a su rendimiento académico: «Esto no sirve para nada», «Estoy perdiendo el tiempo», «Me da igual». Para conseguir que estén motivados, tenemos que hacer que se cuestionen estos pensamientos negativos e infundados.

Jorge nos habla ahora de una de sus alumnas: «Ella era consciente de que estudiar servía para sacar mejores notas, pero ni le importaba ni tenía intención de cambiarlo». En este caso, la solución pasó por mover a esta alumna hacia una motivación intrínseca, conseguir que encontrara valor en el estudio más allá del resultado académico. Jorge nos cuenta cómo lo hizo en este caso concreto:

 

«Se trabajó manteniendo un diálogo con ella sobre el valor del conocimiento frente a la ignorancia, poniéndola en perspectiva con ejemplos sobre su vida futura. Estos diálogos son cruciales para motivar a los alumnos, y, si se hace bien, son realmente efectivos».

Hacerles ver que el conocimiento que están adquiriendo es útil para su día a día, más allá de lo académico, puede ser un punto de inflexión para que estos alumnos mejoren su actitud. Daniel nos lo explicaba así:

«Cuando empiezan a ser conscientes de que lo que aprenden es realmente útil para su vida, su motivación aumenta automáticamente: la recompensa ya no es solo sacar buenas notas, sino que aprender se convierte en un fin en sí mismo».

Un programa en constante proceso de mejora

Por último, charlamos con los mentores y el orientador sobre los retos que han encontrado durante el programa y sobre qué espacios de mejora hay de cara al próximo curso. Y es que, como nos apunta Daniel, «De forma tradicional, la educación ha consistido en un emisor-profesor que volcaba contenidos en unos recipientes-alumnos que aprendían de forma pasiva. Para nosotros es una conversación, una comunicación bidireccional. En Virtus los alumnos aprenden de profesores y mentores, y estos a su vez, aprenden a mejorar su trabajo cada día con respecto a los resultados obtenidos. De eso se trata».

A pesar de los innumerables retos a los que se han enfrentado, estos entregados mentores nos cuentan que están satisfechos con el resultado, tanto a nivel pedagógico como personal. Nos quedamos con estas palabras de Gabriel:

«Los alumnos están enganchando con el sistema. Están contentos, tienen ganas, están intentando hacer las cosas. Se ha creado un grupo muy cohesionado: se apoyan en nosotros y entre ellos, colaboran. En un colegio con miles de alumnos, a estos chicos les costaría mucho más. Aquí se han integrado perfectamente, y eso tiene un impacto brutal en su rendimiento académico».

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